Aunque hoy lo asociamos con tutús, puntas y figuras femeninas gráciles, el ballet tiene orígenes muy distintos a los que imaginamos. Surgió en las cortes italianas del Renacimiento durante el siglo XV, como una forma de entretenimiento aristocrático que combinaba danza, música y poesía. De hecho, la palabra ballet viene del italiano balletto, que significa “bailar”.
Fue Catalina de Médici, noble italiana y reina de Francia, quien llevó esta tradición a la corte francesa. Ahí, el ballet se refinó y tomó la estructura que conocemos actualmente, gracias al impulso del rey Luis XIV, también conocido como el “Rey Sol”. Luis no solo fue un gran mecenas de las artes: él mismo era bailarín y solía protagonizar espectáculos, lo que ayudó a consolidar al ballet como símbolo de poder y sofisticación.
En sus inicios, solo los hombres podían bailar profesionalmente. Las mujeres tardaron varias décadas en pisar el escenario y, cuando lo hicieron, debían cumplir estrictos estándares de elegancia y recato. Con el tiempo, el ballet se expandió por Europa, y en países como Rusia alcanzó su mayor esplendor técnico y artístico.
Hoy, el ballet es una de las formas más exigentes y respetadas de la danza, aunque sigue en constante evolución. Lo que comenzó como un entretenimiento cortesano se ha convertido en un lenguaje universal, lleno de historia, disciplina… y muchos más secretos curiosos de los que podríamos imaginar.
