Hoy en día es el acompañamiento obligatorio de las papas fritas, las hamburguesas y los hot dogs, pero hace casi dos siglos, la ketchup (o salsa cátsup) no se guardaba en la alacena de la cocina, sino en el botiquín de medicinas.
En 1834, mucho antes de que se convirtiera en el fenómeno mundial de la comida rápida, este condimento fue patentado y comercializado como un poderoso medicamento capaz de curar diversos malestares estomacales.
El doctor que vio oro en los tomates
El responsable de esta genialidad (y gran estrategia de marketing) fue el Dr. John Cook Bennett, un médico estadounidense que aseguró que el tomate tenía propiedades medicinales únicas:
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El remedio para todo: El Dr. Bennett afirmaba que su receta de salsa de tomate era la cura definitiva para la indigestión, la diarrea, la ictericia y hasta el reumatismo.
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Fiebre de píldoras: El éxito fue tan inmediato que el médico se asoció con comerciantes para concentrar la salsa de ketchup y venderla en forma de píldoras medicinales por todo el país. Durante un buen tiempo, las farmacias estuvieron inundadas de este “remedio milagroso”.
El fin del imperio médico de la catsup
¿Por qué dejó de ser medicina? El negocio era tan redondo que no tardaron en aparecer los imitadores. Decenas de charlatanes comenzaron a vender “píldoras de ketchup” falsas que ni siquiera tenían tomate; en su lugar, las rellenaban de laxantes y harina. Para 1850, el mito médico de la ketchup colapsó por completo debido al fraude.

Afortunadamente para nuestros paladares, unas décadas después (en 1876), Henry Heinz rescató la receta, le añadió más vinagre y azúcar para preservarla mejor, y la relanzó al mercado, pero esta vez con un propósito mucho más feliz: deleitar nuestros antojos.
La próxima vez que le pongas catsup a tu comida, recuerda que técnicamente te estás tomando tu “medicina” del siglo XIX. ¡Buen provecho!
