Un día como hoy, pero de 2016, el mundo perdió a Muhammad Ali, el hombre que no solo revolucionó el boxeo, sino que también se convirtió en ícono cultural, símbolo de resistencia y maestro del trash talk antes de que eso fuera cool.
Ali no solo se subía al ring, también se subía al tren del cambio social. Fue un campeón mundial de los pesos pesados con un estilo único: rápido, elegante y con una lengua afilada como uppercut.
Nació como Cassius Clay en 1942, pero en 1964 cambió su nombre tras convertirse al islam. En plena era de la segregación en EE. UU., se negó a ir a la guerra de Vietnam y defendió sus convicciones con tanto poder como sus puños:
“No tengo nada contra los Viet Cong… Ninguno me ha llamado negro.”
Sí, Ali fue todo eso y más: boxeador, activista, poeta y leyenda.
Fue campeón del mundo tres veces, protagonizó peleas históricas como The Rumble in the Jungle (vs. George Foreman) y Thrilla in Manila (vs. Joe Frazier), y dejó frases tan filosas como sus jabs:
“Soy el más grande. Lo dije incluso antes de saber que lo era.”
Su estilo, su actitud y su voz siguen inspirando a atletas, artistas y cualquier persona que alguna vez haya tenido que pelear una batalla… literal o metafóricamente.
Hoy, a 9 años de su muerte, recordamos a Muhammad Ali no con tristeza, sino con admiración por ese hombre que demostró que ser campeón no es solo cuestión de fuerza, sino de alma.
